Se hace camino al andar

Santiago de Compostela - Mochila de peregrino

Me he decidido a cambiar el aspecto del blog, en parte por capricho, pero también porque el tema anterior no acababa de verse bien en dispositivos móviles. Aprovechando que le daba una manita de pintura, he añadido una sección dedicada a las reseñas de libros, una galería de fotos recientes y una lista de los blogs que sigo. Tengo más ideas que ya os iré comentando a medida que las ponga en marcha.

Hoy he estado entretenido con estos trabajillos de carpintería digital, y al hacerlo he caído en la cuenta de cómo han cambiado mis propios criterios. De hecho, alguien dijo que el cambio es la única constante. Lo que hace unos meses me parecía estupendo, hoy creo que no alcanza y puede mejorarse claramente. Cuando semanas atrás ni se me hubiera ocurrido comentar los libros que leo, ahora se me antoja una buena idea.

No es que sea inconstante ni voluble; aunque, dicho sea de paso, sería un lujo que podría permitirme en este espacio digital, puesto que lo mantengo por puro entretenimiento. Supongo que, como bien dijo Machado, se hace camino al andar. Esa idea me ha recordado una fotografía que tomé en Santiago de Compostela, y que os dejo como ilustración de este post, además de contaros su historia.

Y es que la foto en cuestión dio pie a una anécdota curiosa. Me encontraba yo completamente tendido en el suelo de la Plaza del Obradoiro, cámara en mano, intentando conseguir un primer plano de la mochila y el resto de los aparejos del peregrino. Cuando ya había conseguido un encuadre a mi gusto, aparecieron dos pies descalzos ante el objetivo de mi Nikon.

Levanté la mirada y me hallé con una jovencita ataviada con una minúscula minifalda que, sin percatarse de mi presencia, permanecía de pie dándome la espalda, justo dos pasos por delante de mi posición. Sin duda estaría contemplando la grandeza de la catedral. El caso es que, hallándome yo a ras de suelo, y dada la economía textil del atuendo de la muchacha lo que se me ofrecía a la vista eran sus piernas y, un poco más arriba, su -digamos- pórtico de la gloria.

Ante lo ridículo de mi postura y el temor de que ella sospechase que no eran las pertenencias del peregrino lo que yo pretendía fotografiar, renuncié al plano contrapicado de la mochila y me retiré discretamente. Más tarde tuve ocasión de conseguir la fotografía que publico aquí, aunque me apresuré a tomarla para evitar que nuevas panorámicas involuntarias me distrajesen mi objetivo.

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